Calle del poeta Miguel Hernández, 19
(antigua Calle Real, enfrentico la iglesia)
La Zubia, GRANADA

+034 958 59 30 15 \ +034 669 8657 64

Una de las historias posibles de esta casa podría escribirse a buen seguro tirando de algún petate polvoriento repleto de viejos legajos del catastro y de un punado triste de amarillentas escrituras de propiedad comidas por el paso del tiempo y los ratones. También ayudarían, a esta posible historia doméstica y a su escritura plena, los retales dispersos de memoria compartida que de las gentes que por aquí pasaron aún nos queden, desde cuando igual fuera luminosa zagüía musulmana rodeada de frutales hace casi diez siglos en tiempos de Ibn Arabi hasta esas otras fechas más recientes en las que en la Iglesia Parroquial de Nuestra Senora de la Asunción ---justo aquí enfrente, vaya--- el cardenal Parrado, por entonces arzobispo de Granada, predicara contra el buen perdón cristiano con furibunda solemnidad a las gentes de La Zubia, echando más lena al fuego de la crispación social de entonces y propagando el miedo y el odio entre vecinos.

Pero no es nuestra historia ---discúlpenme si acaso--- una historia de moros y cristianos. Ni estamos ya nosotros para que venga nadie a contarnos las historias como quiera que fuesen o como alguna gente dice fueron. Y es por eso que es mucho más sencillo lo que yo quiero contarles de esta casa. Y aparte de más sencillo, o además, mucho más importante, por supuesto, para quienes formamos esta familia nuestra.

Total: Que la historia de esta casa que quiero compartirles es otra bien distinta, ya les digo, y apenas no es ni historia sino anécdota ---anécdota real que la propia escritura, sin embargo, va convirtiendo en relato de ficción con el que quizás logre entenderse el por qué son como son algunas cosas. Pero a ver: El caso es que al poco de cumplir mi padre 58 anos, mi madre y él se vieron con dineros como para embarcarse en comprar una de las casas en las que mi abuela Adora estuvo de chica trabajando; de criada, sí, sirviendo. Mi abuela Adoración, la madre de mi padre, zí, de nina. Y eso: Que quando él se vió que pudo y la vendían, pues como que no se lo pensó dos veces: Lo habló con mi madre y la compraron con los ahorros compartidos, para jartarse luego de currar ahí juntos restaurando la ruina que'sto era y como bestias horas y horas, con primor y ganas sanas, un día y otro día. Mis padres ahí los dos; y a seis manos mi hermano, mi hermana y yo ayudándoles cuando no nos lográbamos buscar el escaqueo o el cargo de conciencia nos podía más que el irnos, yo qué sé, con los amigos. Pero a lo que iba es a que, no al poco sino bastante endespués de ya comprarla, fue que un día, no sé si algún día especial por lo que fuera, no lo recuerdo ya, la fue a buscar, a su madre mi padre, como todas las tardes que iba a charlar un poco con ella de las cosas tantas que/pero un poco más pronto de a la qu'él solía pasarse hora cualquiera por la casa de su mae cuando va y llega y le dice, majomenu:

---Venga, Adora, que hoy me parece que sí vas a tener que andar; y hasta salirle a la calle que vas a tener que salirle, que sí. Que me parece que te está llamando la senorica Victoria. ---Pos ve y le diseh a la senorica Victoria que se toque'l jigo, que va a ir Rita la cantaora ya a llevarle que si el destos que si el/qué punetera era, la joía. Caunqui, total: Ya es qu'es mejor ni hablar, ninio. ---Que sí, Adora, que sí. Que te llama, vamos. Quesque no'scuchah? Vâmoh! ---Pero qué vamos ni qué ochicuartos, nino! Si la senorica Victoria ya llevará criando malvas en Madrid a lo menos veinti o más anos, que se fueron del pueblo muerto Franco ella mu vieja ya y to los que queaban de la familia y/?qué es lo qués? ---Na, que vamoh.Venga. ---!Pero nino, nino! !Quita ---casi riéndose ya, resistiéndose a que su hijo la levantara del sillón---, pero esto/pero esto qué es lo qu'es, aónde vamoh?! ---Pos vamoh a la casa loh Bacareh de la calle Rah, ques tuya, ya.

Mi madre estaba esperando ahí ya en la plaza y nos contó después, entre seria y divertida, cómo bajaban cogidos del brazo por la calle Real y que la abuela se quedó, cómo es que disin ahora los ninos, que el otro día les escuché en el parque, cómo era, tú, cómo era/ah, sí, flipando, sí: Flipando. Posasín me he quedao, ninio. Asín se quedó, sí, la Adoración, namás salvar el doble tranco del portón y cruzar el zaguán a aquín, aquí en este patio, tan quieta y palpipante en su cuerpico de setenta y munchos anos por entonces que tenía hasta que ahí ya fue desplegándosele al momento una sonrisa en el mohín ajado de sus labios de abuela, una de esas sonrisas de las de yesca risuena de alguna de sus fotos de cuando era zagala gitanona y ya Manuel la pretendía dendaquella verbenilla veraniega por San Pedro en que, por vez primera y vez la decisiva, se miraron tan alegres a los ojos de esas otras formas munchas que hay de más mirarse y eso, con confianza, con salud, con buen amor.